
Por Alejandro Murillo
Una danza ritual es también rito de iniciación para el espectador, así, bajo la clara influencia de cineastas como Passolini y Herzog, Michelange Quay estiliza el comienzo de “Come, este cuerpo es mío”.
El director ha declarado sentir que no pertenece a ninguna nación, de padres haitianos, origen neoyorkino y residencia francesa, su formación como antropólogo le otorga una conciencia del cine que no deambula entre estilos sino que construye uno propio a partir de las influencias de lo que el autor de “Saló” proclamara como ‘el estilo libre indirecto’: aquel que no pretende ser rigurosamente artificioso sino metafórico en su aprovechamiento de lo no controlable, evitando la legibilidad dramática a favor de la poética; poética de segmentos incomprensibles para la apreciación dominante.
El discurso de Quay no se acomoda a las necesidades de una sinopsis, el problema ante cualquier intento por resumir la trama se debe a que existen imágenes y sonidos que carecen de un lazo narrativo encadenado a otros hechos. Por el contrario, tomas, escenas y secuencias enteras adquieren carácter de símbolos antes que ser descripciones de hechos con causas y consecuencias entre sí (el día y la noche, la sombra y la luz, el interior y el exterior, la piel y la ropa) y de las que emanan contrastes en extremos que no encuentran mediador entre el blanco y el negro, las ideologías de protección y salvación contra las creencias nativas. Como si cada imagen hablara de las múltiples posibilidades del título mediante lo que no es palabra.
La película alcanza niveles de abstracción poética sin transformarse en un rodeo sobre sí misma pues cada nuevo símbolo enriquece al anterior: el banquete de bienvenida, centrado en la radiante joven que brilla en medio de sus comensales de piel y vestimenta oscura; haitianas manipulando consolas de música en fusión de lo étnico con lo electrónico; la pureza de un haitiano desnudo que mancha su cabeza con el bautizo de una líquida densidad blanca.
Religión y política, mestizaje y colonización, nacimiento e inducción ideológica, descubrimiento de la sexualidad, confrontación de las identidades culturales, sin evidenciar cualquier razón histórica que nos remita directamente a ‘lo histórico’. La poética de Quay no recrea, no representa, crea a partir de la descontextualización, para así hacer emerger un contexto de significación propio: el de las imágenes, diálogos, música y cantos que rompen con todo realismo y toda linealidad dramática.
Los significados de la película se ramifican a partir de un tronco firme pero enano. Existe en ellos el referente de un país y una cultura, con sus costumbres y rituales, al mismo tiempo que surgen referentes contrarios, completamente polarizados, además de los ficticios y controlados para su significación.
El exterior nativo contra el interior aparentemente civilizado
La confrontación visual y sonora de dos formas de comprender y relacionarse con el mundo forman este reducido tronco del cual surge el color, los rostros en close-up, el sonido de la danza grabado en directo y la música montada en exterior, las sombras duras en los pasillos de la casa y los paisajes naturales; dos manifestaciones de la energía con la que el ser humano tiende a enfrentarse.
Michelange Quay afirma haber filmado una película con vida propia, a partir de una idea que surgió prácticamente por sí misma en su cabeza. Para armonizarse gracias a su visión, tomando en cuenta las posibilidades de improvisar durante el rodaje, sabiendo que en cada una de las tres partes principales de preparación de una película, ésta se modifica constantemente, ¿para qué ceñirse a una historia, a un grupo de significados, si en la libertad creativa reside el poder de la poesía?

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