
Por Juan Francisco Santoyo
Hay momentos en que el cambio de aires es necesario, ya sea para descansar, reflexionar o simplemente para conocer otros aspectos en relación con uno o varios temas. México es un país que nos ofrece innumerables rincones llenos de riqueza, por lo cual me tomaré el atrevimiento de contarles acerca de una ciudad que, para quienes la visitan, ofrece una marcada divergencia entre historia y vanguardia, entre lo clásico y lo moderno: Morelia.
Lugar ideal para pasar un fin de semana, ya que uno puede conocer su esencia al ir caminando por las calles del centro histórico de la capital michoacana, donde se puede percibir ese aire nostálgico que invade a cada uno de los transeúntes y da la sensación de estar recorriendo algún callejón olvidado de la época colonial. De pronto ya no somos los chavos (o chavas) del siglo XXI, sino una especie de viajeros en el tiempo, emprendiendo un recorrido por una zona que parece combinar lo pasado con lo presente, construyendo su futuro mediante la combinación de monumentos, casas y edificios de cantera rosa; con los negocios (tiendas, cafés, bares) que vienen a romper la monotonía clásica vistiendo las angostas calles con anuncios de neón, música electrónica y una vida nocturna que antaño acababa a las 10 de la noche cuando el toque de queda así lo indicaba. Qué paradoja, ¡actualmente es a esa hora cuando la vida comienza realmente a fluir! Después de una larga caminata y de respirar el pasado vivo que emana de cada casona, callejón, iglesia y edificio, el cuerpo quizá nos pida un poco de descanso, y qué mejor, siguiendo con esta línea de contrastes, que sentarnos en uno de los cafés ubicados en los portales que rodean el centro de la ciudad. Pero ojo, será mejor hacerlo el sábado por la noche para disfrutar de un espectáculo impactante: la iluminación de la Catedral, combinación perfecta de luz y sonido, entre arte y entretenimiento, entre lo histórico y lo contemporáneo.
El centro histórico de Morelia abarca más que la Catedral y su plaza de armas. Hay innumerables templos en los que se realza el arte colonial entreverado con el indígena, de entre los cuales destacan: San José, Las Monjas, San Francisco, La Merced y San Agustín. Asimismo, uno puede recorrer las plazas y jardines públicos ataviados con fuentes de gran valor estético, como el jardín de Villalongín o el jardín de la rosas. Y qué decir de aquellos lugares que en sí mismos constituyen un deleite por sus magníficos acabados, como el Conservatorio de las Rosas –casa de los Niños Cantores de Morelia– o el Palacio Clavijero.
Un buen punto de partida para quienes visitan Morelia por primera vez y desean conocer los lugares más tradicionales vendría a ser el famoso viaje en “tranvía” –patrocinado por una de las casas productoras de dulces regionales– el cuál sale cada 45 minutos de Catedral y recorre los lugares de mayor atractivo turístico.
Y para el reven, una visita obligada es el “Ego”, ubicado en la loma de Santa María, que se caracteriza por su magnífica vista nocturna de la ciudad, o si se prefiere algo más tranquilo, se pueden visitar los diversos bares que se localizan a lo largo del boulevard García de León.
En suma, ya sea para adentrarse en el arte colonial, degustar deliciosos platillos regionales, divertirse, o simplemente escapar a la rutina de la capital, Morelia es una ciudad que ofrece todo esto y mucho más, en una especie de amalgama de lo moderno con lo tradicional; sin duda, una experiencia que no se debe dejar pasar.

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