
Por Miguel Santos
Los hombres de ciudad no tenemos habilidad para pescar. Habrá algunos que sí, pero entonces no serían hombres de ciudad, ciudad. Yo me refiero a los hombres paridos por el asfalto, los que miran vegetación y piensan que es un adorno precioso, así como las estatuas de hombres ilustres o los grandes distribuidores viales. Nuestra mejor forma de cazar un pez es ya pescado, bien cocido, sobre un plato con jitomate, aguacate, limón y salsa valentina al gusto. No hay tiempo para preocuparse acerca de la procedencia del animal, apenas hay media hora de descanso entre un trabajo y el siguiente; la comida tiene que ser rápida, no sólo el pescado se va corriendo, sino también la sopa de fideo, el arroz, los frijoles, las tortillas, el agüita de tamarindo y por si faltara algo más, el postre. Además, volviendo a los pescados, estos no son despreciados ni por algunos vegetarianos ni por los católicos; entonces ¿cómo yo, un hombre de “ciudad, ciudad” me iba a tentar el corazón para llevarme a la boca un buen trozo de vida acuática?...
Así disfrutaba mi comida, entre las dos y media y tres de la tarde, frente a la gran palma de Paseo de la Reforma, cuando una espina se me atoró en la garganta y el pescado abrió los ojos para saludarme. ¿Cuándo nos olvidamos de salir a cazar?

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